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El turismo del fin de los tiempos

Así es como me lo han explicado los científicos del parque: cuando los glaciares de marea, como los de la Bahía de los Glaciares, están sanos, avanzan lentamente durante siglos hacia el mar, empujando de frente un escudo formado por la morrena rocosa de las montañas que va raspando. Al final, el glaciar se extiende hacia el mar, y la armadura de roca cae al fondo. Al entrar en contacto con las fuerzas marinas, la superficie del hielo se empieza a resquebrajar, y el glaciar retrocede hacia las montañas, donde empieza a acumular nueva morrena y a avanzar lentamente otra vez.

Pero hoy los últimos glaciares de marea siguen retrocediendo hacia las montañas, en vez de armarse para otro avance. Hay algunas excepciones, dependiendo de la disposición del terreno: unos pocos glaciares del parque están creciendo, y en especial en la cordillera Fairweather, una de las cadenas montañosas costeras más altas del mundo, ya que la humedad del mar, ahora más cálido, hace que se forme más nieve en esas montañas tan altas. Sin embargo, en la mayor parte del parque hay ahora más derretimiento en las zonas bajas que nevadas intensas en las altas.

Desde 1950, la temperatura atmosférica media en la Bahía de los Glaciares ha subido aproximadamente 2,5 grados centígrados. En los últimos 20 años, la zona glaciar de la región, incluido el parque, ha sufrido la mayor pérdida neta de hielo de los 50 lugares Patrimonio Mundial con glaciares: 487.000 millones de toneladas.

Sería justo preguntar si yo estaba contribuyendo al problema allí, en la borda, curioseando desde un transatlántico. Mi razonamiento fue que, por el momento, si estamos de acuerdo en que es bueno que la gente vea su parque nacional, estos cruceros de 18 pisos, que consumen combustibles fósiles y se limitan estrictamente a dos por día, brindan la eficiencia del transporte masivo. Antes de la pandemia, cuando casi 600.000 personas visitaban la Bahía de los Glaciares cada año, el 95 por ciento iba y venía en cruceros. Este verano pasado, la reanudación de las visitas alcanzó el 60 por ciento de las que había antes.

Estos visitantes estaban viendo de cerca las fuerzas que están moldeando el futuro de nuestro planeta. ¿Volverían los demás pasajeros a casa contentos de haber visto la “majestuosidad sin límites” de Alaska, o decididos a frenar su limitación? El personal de servicio del parque intentó transmitir un mensaje claro y simple. Una guardaparques, al hablar de cómo los glaciares pulverizan implacablemente el lecho rocoso, señaló que ni siquiera esa increíble fuerza podría prevalecer frente al calentamiento del mundo. Estos glaciares de mareas podrían no estar ahí para los futuros cruceros. Pero no pierdan la esperanza, dijo. Pueden actuar. El glaciar empieza con un copo de nieve.

Lamento decir que las exhortaciones de la guardaparques no consiguieron sacarme de mi melancolía aquella tarde. El sitio web de la agencia de viajes prometía una visita “a las obras maestras de la Madre Naturaleza”. Lo único que pude ver fue el fin del mundo en una pintura de paisaje.

En un momento anterior del viaje, durante mi hora en el escenario, había contado mi propia historia: un muchacho intrépido va a Alaska en una excursión de alpinismo veraniega, y el encuentro con la naturaleza salvaje le cambia la vida, le da algo atemporal y reconfortante en lo que creer. Pero hace mucho tiempo de esas revelaciones de juventud. Mientras el gran barco viraba y salía lentamente del fiordo, me sentí expulsado del Edén, y el familiar consuelo de la naturaleza empezó a escurrírseme de mis dedos mortales.

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