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Estos grupos quieren protestas climáticas disruptivas. Los herederos del petróleo los financian

Llevaron martillos a las gasolineras; también se fijaron con pegamento a obras maestras de museos y a carreteras muy transitadas. Se encadenaron a bancos, entraron a una pista de la Fórmula 1 y se amarraron a los postes de las porterías, mientras eran abucheados por decenas de miles de aficionados del fútbol inglés.

Los activistas que durante el transcurso del año pasado realizaron estos actos provocadores a nivel mundial explicaron que les urgía dar a conocer el apremio de la crisis climática y que la manera más eficaz de hacerlo era en público mediante bloqueos en terminales petroleras e interrupciones de las actividades normales.

Estos activistas también comparten un respaldo económico inesperado: los herederos de dos familias estadounidenses que se volvieron muy acaudaladas con el petróleo.

Dos organizaciones sin fines de lucro relativamente nuevas, fundadas con la ayuda de los herederos petroleros, financian a decenas de grupos de manifestantes que se dedican a interrumpir las operaciones normales de los negocios mediante la desobediencia civil, principalmente en Estados Unidos, Canadá y Europa. Aunque desde hace mucho tiempo los voluntarios de grupos ambientalistas ya establecidos, como Greenpeace International, han usado tácticas provocadoras para llamar la atención hacia las amenazas a la ecología, las nuevas organizaciones están financiando a activistas comunitarios.

El Fondo para la Emergencia Climática, con sede en California, fue fundado en 2019 con la filosofía de que la resistencia civil es fundamental para lograr los cambios políticos y sociales rápidos y generalizados que se necesitan para combatir la crisis del cambio climático.

Margaret Klein Salamon, directora ejecutiva del fondo, hizo referencia a movimientos sociales del pasado —sufragistas, activistas por los derechos civiles y los derechos de los homosexuales— que tuvieron éxito después de que los manifestantes llevaron a cabo manifestaciones no violentas en las calles.

“Las acciones tienen efecto sobre la opinión pública y la cobertura de los medios e intervienen en el ámbito de lo que es posible a nivel político”, dijo Salamon. “Los sistemas habituales han fracasado. Ya es hora de que todos se den cuenta de que tenemos que enfrentarlo”.

Hasta ahora, el fondo ha repartido más de siete millones de dólares con el propósito de hacer que la sociedad entienda la emergencia, comentó. Aunque Estados Unidos está a punto de promulgar una ley trascendental sobre el cambio climático, el proyecto de ley autoriza un mayor incremento de gas y petróleo, lo que, según los científicos, debe detenerse de inmediato para evitar una catástrofe en el planeta.

Equation Campaign, una organización fundada en 2020 que brinda apoyo económico y defensa jurídica a las personas que viven cerca de los oleoductos y las refinerías, y que están tratando de detener el aumento de los combustibles fósiles mediante métodos que incluyen la desobediencia civil, comparte estos objetivos con el Fondo para la Emergencia Climática.

Sorpresivamente, ambas organizaciones están respaldadas por las familias que hicieron su fortuna gracias al petróleo y cuyos descendientes sienten la responsabilidad de revertir el daño causado por los combustibles fósiles. Aileen Getty, cuyo abuelo constituyó Getty Oil, ayudó a fundar el Fondo para la Emergencia Climática y, hasta ahora, ha otorgado un millón de dólares.

La organización Equation Campaign inició sus labores en 2020 con un compromiso de 30 millones de dólares, a distribuirse a lo largo de 10 años, por dos integrantes de la familia Rockefeller, Rebecca Rockefeller Lambert y Peter Gill Case. John D. Rockefeller fundó Standard Oil en 1870 y se convirtió en el primer multimillonario de Estados Unidos.

“Es hora de poner al genio otra vez en la botella”, escribió Case en un correo electrónico. “Siento una obligación moral de hacer lo que me toca. ¿No lo harías tú?”.

La confianza en el poder transformador de la desobediencia civil extrema no es universal y ciertas acciones de algunos grupos, sobre todo los respaldados por el Fondo para la Emergencia Climática, han enfadado a la población.

Encolerizados, algunos usuarios del transporte suburbano han arrastrado a los manifestantes, les han gritado, los han amenazado y los han etiquetado como fanáticos de la ecología. Las investigaciones de la Universidad de Toronto y de la Universidad de Stanford también revelaron que, aunque las protestas más provocadoras generaban una mayor publicidad, también podían afectar la credibilidad del movimiento y ahuyentar al potencial apoyo que pudieran conseguir.

Pero Salamon y los activistas respaldados por el Fondo para la Emergencia Climática señalaron que el rechazo era inevitable. Hicieron referencia a Martin Luther King, hijo, cuyo índice de desaprobación en los años previos a su muerte era del 63 por ciento, según una encuesta de Gallup.

“No intentamos ser populares”, dijo Zain Haq, cofundador del grupo canadiense Save Old Growth, que bloquea carreteras para impedir la tala de los bosques milenarios en la Columbia Británica y que recibió 170.000 dólares del Fondo para la Emergencia Climática. “La desobediencia civil es, históricamente, una manera de cuestionar algún estilo de vida”.

Existen algunas pruebas de que los nuevos grupos de manifestantes contra el cambio climático han tomado impulso. Los investigadores revelaron que tanto Extinction Rebellion como Sunrise Movement habían tenido una gran participación en la concientización y el impulso de las políticas para combatir el cambio climático. En términos de la relación costo-eficacia, estos grupos de manifestantes casi siempre superaron a los tradicionales grupos ambientalistas sin fines de lucro más conocidos, en ayudar en la reducción de las emisiones de gas de efecto invernadero, de acuerdo con los resultados.

Para Equation Campaign, frenar todavía más el aumento de gas y petróleo tiene un impacto cuantificable. Según una evaluación, la cancelación de una ampliación del oleoducto Keystone XL, después de años de resistencia de las tribus, los agricultores y los ganaderos locales, evitó que fueran lanzadas a la atmósfera 180 millones de toneladas de emisiones de gases con efecto invernadero al año. Equation Campaign está financiando campañas contra muchos otros proyectos de combustibles fósiles y presta ayuda a los activistas que con frecuencia se ven afectados por lo que la directora ejecutiva del grupo, Katie Redford, calificó como acusaciones exageradas y arrestos injustificados.

“Para que el clima y, literalmente, la humanidad triunfen, necesitamos que ellos ganen y que la industria deje de construir más cosas que liberan gases de efecto invernadero al medioambiente”, comentó Redford.

Los activistas contra el cambio climático reciben mucho menos financiamiento que la mayoría de los grupos ambientalistas, sobre todo de intereses filantrópicos, los cuales solo destinan una mínima parte de su gasto a problemas climáticos en todo el mundo. De acuerdo con la ClimateWorks Foundation, en 2020, menos del dos por ciento de los fondos filantrópicos del mundo se destinaron a mitigar el cambio climático (aunque ese porcentaje está aumentando), una parte del cual se encauzó a la actividad comunitaria y a la creación de movimientos.

Tanto Redford como Salamon explicaron que sus grupos solo habían financiado actividades lícitas como capacitación, formación, viajes, publicaciones y costos de reclutamiento. Los beneficiarios de las subvenciones deben confirmar que el dinero no ha sido gastado en actividades que prohíba la ley.

También rebatieron cualquier insinuación de que el hecho de pagarles a los activistas hacía que sus acciones fueran menos auténticas cuando señalaron que los beneficiarios ya habían trabajado sin parar como voluntarios, lo que con frecuencia había afectado considerablemente su situación financiera. “Para ellos, es su pasión”, aseveró Salamon.

“No es justo que sigamos pidiéndoles a los pueblos indígenas ni a las personas negras, latinas y pobres que habitan en el frente de batalla contra el cambio climático que hagan este trabajo sin cobrar nada solo porque lo han estado haciendo en su ‘tiempo libre’”, añadió Redford.

Los activistas que reciben este dinero lo consideran una bendición. Algunas personas, impulsadas por un sentido de apremio y deber moral, han abandonado sus estudios para dedicarse de tiempo completo al activismo contra el cambio climático. Otras se las han arreglado con muchos empleos para pagar las cuentas.

Miranda Whelehan, del grupo británico Just Stop Oil, mencionó que sus miembros habían estado agobiados por el trabajo y estresados hasta que el Fondo para la Emergencia Climática les dio cerca de un millón de dólares con lo cual les ayudó a pagar el salario de 40 organizadores y activistas.

“Es evidente que, como voluntarios, no se puede hacer mucho. Las grandes empresas petroleras cuentan con millones, si no es que miles de millones”, comentó Whelehan.

En repetidas ocasiones, los activistas dijeron que no querían participar en acciones de desobediencia civil, pero que las iniciativas más tradicionales no estaban evitando el desastre climático generalizado. “Hemos intentado todo lo demás”, afirmó Louis McKechnie, un integrante de Just Stop Oil que ha sido arrestado unas 20 veces.

Winona LaDuke, directora ejecutiva de Honor the Earth, un grupo ambientalista y sin fines de lucro, dijo que su organización había pasado siete años luchando contra el oleoducto de la Línea 3 en Minnesota, asistiendo a todas las reuniones y audiencias regulatorias, pero nada había pasado.

Dijo que había sido arrestada y acusada de allanamiento de morada a pesar de estar en una propiedad pública y estaba infinitamente agradecida de que Equation Campaign, que le ha dado a su grupo más de 400.000 dólares, se haya mantenido firme en su apoyo.

“Arriesgamos nuestros cuerpos porque no teníamos otro recurso legal, no teníamos nada”, dijo LaDuke. “Sabíamos que nos iban a arrestar”.

Para algunos activistas, la desobediencia civil ha demostrado ser inesperadamente gratificante.

Peter Kalmus, un científico del clima que trabaja para la NASA, dijo que pasó 16 años tratando de obligar a los ejecutivos corporativos, los líderes gubernamentales y el público a actuar ante la emergencia climática. En última instancia, llegó a la conclusión de que él y el movimiento ecologista estaban perdiendo mucho.

En abril, Kalmus fue uno de los 1000 científicos en 25 países que bloquearon el tráfico y se encadenaron en diversos lugares como a las puertas de la Casa Blanca y en las puertas de las sucursales bancarias en una serie de incidentes que se conocieron como la Rebelión de los Científicos. A los participantes no se les pagó, pero el grupo recibió 100.000 dólares del Fondo de Emergencia Climática para los salarios de los organizadores y consultores, el alquiler de espacios y los costos de viaje.

Posteriormente, Kalmus, quien señaló que no hablaba en nombre de la NASA, dijo que habían recibido comentarios de todo el mundo que decían que habían marcado la diferencia logrando inspirar a las personas.

“Recibo mensajes todos los días de personas que dijeron que les había dado esperanza”, dijo Kalmus. “Parece que logramos transmitir esa urgencia mucho más que cualquier otra cosa”.

Para otros, protestar ha tenido un costo personal. McKechnie mencionó que lo habían expulsado de la Universidad de Bournemouth por su activismo contra el cambio climático. En marzo, participó en la que tal vez haya sido hasta ahora su acción más pública cuando usó una banda de sujeción enhebrada con metal para amarrarse al poste de una portería durante un partido de fútbol de la Liga Premier. Relató haber sentido que toda la multitud lo “odiaba y amenazaba” y que había sido pateado y embestido mientras era escoltado a la salida. McKechnie fue arrestado y afirmó que había recibido tantas amenazas de muerte, que tuvo que cerrar sus cuentas en las redes sociales.

No obstante, se mantuvo firme en su determinación. “Aunque solo el uno por ciento de la multitud respete lo que somos y lo que estamos haciendo, ya eso es un triunfo masivo”, aseveró.

No mucho después, McKechnie asistió a una reunión de Just Stop Oil donde se les preguntó a todos los asistentes qué los había impulsado a asistir a ese encuentro. El activista recuerda que un tipo levantó la mano y dijo: “Bueno, estaba en un partido de fútbol y un idiota se amarró a la portería”.

“Odio tener que haber hecho algo así”, explicó McKechnie. “Pero la única forma de lograr que escuchen y protejan el futuro de mi propia generación es generar una molestia tan fuerte que no pueda ser ignorada”.

Case dijo que era demasiado pronto para decir si Equation Campaign había logrado sus objetivos, pero tanto él como Lambert están comprometidos a invertir “a un ritmo alto” hasta 2030.

Los próximos años serán cruciales. Los científicos del clima dicen que las naciones deben reducir las emisiones de gases de efecto invernadero en un 50 por ciento para fines de esta década con el fin de evitar los efectos más severos del calentamiento del planeta.

En un correo electrónico, Getty dijo que su creencia en la efectividad del activismo se mantiene inquebrantable, especialmente cuando se está acabando el tiempo. La desobediencia civil está destinada a servir como alarma y la incomodidad causada por las protestas perturbadoras palidece en comparación con lo que podría pasar, dijo.

“No olvidemos que estamos hablando de extinción”, escribió Getty en un correo electrónico. “¿No tenemos la responsabilidad de usar todos los medios para tratar de proteger la vida en la Tierra?”.

Cara Buckley es una reportera climática enfocada en personas que trabajan para encontrar soluciones y relatos inusuales sobre respuestas a la crisis. Se unió al Times en 2006 y formó parte de un equipo que ganó un premio Pulitzer en 2018 por informar sobre acoso sexual en el lugar de trabajo. @caraNYTFacebook


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