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Sequía en México: el país enfrenta una emergencia del agua

México, o gran parte de él, se está quedando sin agua.

Una sequía extrema ha hecho que las llaves de agua se sequen en todo el país, con casi dos tercios de todos los municipios enfrentando una escasez que obliga a la gente en algunos lugares a hacer fila durante horas para las entregas de agua del gobierno.

La falta de agua ha llegado a ser tan extrema que los residentes furiosos bloquean las carreteras y secuestran a los trabajadores municipales para exigir más suministro.

Las cifras que subrayan la crisis son sorprendentes: en julio, ocho de los 32 estados de México sufrían una sequía entre extrema y moderada, por lo que 1546 de los 2463 municipios del país se enfrentaban a la escasez de agua, según la Comisión Nacional del Agua.

A mediados de julio, cerca del 48 por ciento del territorio mexicano sufría sequía, según la comisión, en comparación con cerca del 28 por ciento del territorio del país durante el mismo periodo del año pasado.

Aunque relacionar una sola sequía con el cambio climático provocado por la humanidad requiere un análisis, los científicos no dudan de que el calentamiento global puede alterar los patrones de lluvia en todo el mundo y está aumentando la probabilidad de sequías.

Al otro lado de la frontera, en los últimos años, la mayor parte de la mitad occidental de Estados Unidos ha estado en sequía, con condiciones que van de moderadas a graves. En la región, este periodo de dos décadas ha sido el más seco en 1200 años.

La crisis es especialmente grave en Monterrey, la segunda ciudad más grande de México y uno de sus centros económicos más importantes. Ahí toda la zona metropolitana, de unos cinco millones de habitantes, está afectada por la sequía, según las autoridades. Algunos barrios de Monterrey llevan 75 días sin agua, lo que ha llevado a muchas escuelas a cerrar antes de las vacaciones de verano que estaban previstas.

La situación en la ciudad ha llegado a ser tan grave que un periodista que estaba de visita no pudo encontrar agua potable a la venta en varias tiendas, incluyendo un Walmart.

Las cubetas también escasean en las tiendas locales —o se venden a precios astronómicos—, ya que los regiomontanos reúnen recipientes para recoger el agua suministrada por los vehículos del gobierno enviados a los barrios que sufren más la sequía. Algunos residentes limpian los cubos de basura para acarrear agua a sus casas, y los niños se esfuerzan por ayudar a transportar lo que puede pesar 204 kilos de agua.

Aunque los barrios más pobres de Monterrey son los más afectados, la crisis está afectando a todo el mundo, incluidos los ricos.

“Aquí tú tienes que andar, literalmente, cazando el agua”, dijo Claudia Muñiz, de 38 años, y cuyo hogar a menudo se queda sin agua corriente hasta una semana. “En un momento de desesperación, la gente explota”, dijo sobre la violencia que se ha desatado cuando la gente se pelea por el agua que hay.

Monterrey se encuentra en el norte de México, la región más árida del país, que ha visto crecer su población en los últimos años gracias al auge de su economía. Pero su clima, típicamente árido, tiene dificultades para mantener a la población a medida que el cambio climático reduce las escasas precipitaciones de la región.

Los habitantes de Monterrey ahora pueden caminar por el suelo del embalse creado por la presa de Cerro Prieto, que era una de las mayores fuentes de agua de la ciudad. El embalse también era una importante atracción turística que el gobierno local promovía por sus animados restaurantes frente al agua y su pesca, navegación y esquí acuático.

Ahora, Cerro Prieto es más popular por las monedas enterradas en el fondo del embalse que se cuece al sol. Los residentes pasan los detectores de metales por la roca y los matorrales expuestos, y llenan bolsas con las monedas de un peso que alguna vez lanzaron los visitantes al pedir un deseo.

Junto con la presa de Cerro Prieto, una sequía de siete años —interrumpida únicamente por fuertes lluvias en 2018, según un funcionario local— también ha secado el agua en otras dos presas que proporcionan la mayor parte del suministro de agua de Monterrey. Una de ellas alcanzó el 15 por ciento de su capacidad este año, mientras que la otra llegó al 42 por ciento. El resto del agua de la ciudad procede de acuíferos, muchos de los cuales también se están agotando.

La cantidad de lluvia en julio en algunas partes del estado de Nuevo León, fronterizo con Texas y cuya capital es Monterrey, fue solo el 10 por ciento del promedio mensual registrado desde 1960, según Juan Ignacio Barragán Villarreal, director de Servicios de Agua y Drenajes de la ciudad.

“En marzo no llovió ni una sola gota en todo el estado”, dijo, y agregó que fue el primer marzo sin lluvias desde que el gobierno comenzó a llevar registros en 1960.

Actualmente, el gobierno distribuye un total de nueve millones de litros de agua diarios a 400 barrios. Cada día, las “pipas”, grandes camiones provistos de agua y mangueras para su distribución, se despliegan por Monterrey y sus suburbios para atender las necesidades de los barrios más secos, a menudo asentamientos ilegales que albergan a los residentes más pobres.

Alejandro Casas, conductor de una pipa, lleva cinco años trabajando para el gobierno y dice que, cuando empezó, apoyaba a los bomberos de la ciudad y que lo llamaban quizá una o dos veces al mes para llevar agua a un lugar de incendio. Sus días de trabajo los pasaba mirando el teléfono.

Pero desde que la escasez de agua en Monterrey se agudizó hasta el punto de que las tuberías empezaron a secarse en enero, ahora trabaja todos los días, y hace hasta 10 viajes diarios a varios barrios para abastecer de agua a unas 200 familias en cada vuelta.

Para cuando Casas llega, una larga fila serpentea por las calles del barrio con personas que esperan su turno. Algunas familias llevan recipientes con capacidad para 200 litros y esperan bajo el sol durante toda la tarde antes de recibir finalmente el agua a medianoche.

El agua que entrega puede ser todo lo que la familia consigue en hasta una semana.

Nadie controla las filas, por lo que se producen riñas, ya que los vecinos de otras comunidades intentan colarse en lugar de esperar a que los camiones lleguen a su barrio días después. Los residentes pueden llevarse a casa toda el agua que quepa en sus contenedores.

En mayo, el camión de Casas fue asaltado por varios jóvenes que se subieron al asiento del copiloto y lo amenazaron mientras repartía agua en el barrio de San Ángel.

“Me hablaban en un tono muy amenazante”, dijo Casas, y explicó que le exigieron que condujera el camión a su barrio para distribuir agua. “Luego me dicen que, si no vamos donde nos dicen, nos van a secuestrar”.

Casas se dirigió al otro barrio, llenó las cubetas de los residentes y quedó libre.

Edgar Ruiz, otro conductor de camiones de agua del gobierno, también ha visto cómo se agrava la crisis. A partir de enero ha repartido agua de los pozos que controla el gobierno y ha observado con nerviosismo cada semana la caída de sus niveles.

“En enero yo distribuía de dos a tres pipas”, dice, refiriéndose a los depósitos de agua individuales que pueden transportar hasta 15.000 litros. “Ahora distribuyo 10. Y eso que han contratado a muchísima más gente” para conducir camiones de agua. Los estados vecinos también han enviado conductores y camiones para ayudar.

Ahora teme hacer su trabajo. Los vecinos solían estar agradecidos cuando veían su pipa de agua llegar a su barrio; ahora están furiosos porque el gobierno no ha sido capaz de solucionar la escasez de agua.

“Agarraron a pedradas a una pipa”, contó.

María De Los Ángeles, de 45 años, nació y creció en Ciénega de Flores, un pueblo cercano a Monterrey. Dice que la crisis del agua está afectando a su familia y a su negocio.

“Nunca había vivido una crisis como esta”, dijo. “El agua llega por las tuberías solo una vez cada cuatro o cinco días”.

La situación, dijo, la está empujando a la bancarrota: un vivero que posee es la única fuente de sustento de su familia y necesita más agua que la que ocasionalmente pueden proporcionarle los grifos de su casa.

“Eso me obliga a comprar una pipa a la semana que me cuesta 1200 pesos”, unos 60 dólares, a un proveedor privado, explicó. Eso consume aproximadamente la mitad de sus ingresos semanales de 120 dólares.

“Ya no puedo con eso”, dijo.

Los propietarios de pequeñas empresas como ella se sienten frustrados por tener que valerse por sí mismos, mientras que las grandes industrias de Monterrey pueden operar normalmente. Las fábricas pueden extraer 50 millones de metros cúbicos de agua al año gracias a las concesiones federales que les dan acceso especial a los acuíferos de la ciudad.

El gobierno tiene dificultades para responder a la crisis.

En un intento de tratar de mitigar la futura escasez, el Estado está invirtiendo unos 97 millones de dólares en la construcción de una planta de tratamiento de aguas residuales y planea comprar agua de una planta desalinizadora que se está construyendo en un estado vecino.

El gobierno ha gastado unos 82 millones de dólares en alquilar más camiones para distribuir el agua, pagar a conductores adicionales y excavar más pozos, según Barragán, director general de la agencia de servicios de agua.

El gobernador del estado de Nuevo León, Samuel García, instó recientemente al mundo a actuar de forma conjunta para hacer frente al cambio climático, ya que está más allá de la capacidad de un solo gobierno.

“La crisis climática nos alcanzó”, escribió García en Twitter.

“Hoy cuidar el medio ambiente es de vida o muerte”.

Maria Abi-Habib es la jefa de la corresponsalía para México, Centroamérica y el Caribe. Ha reportado para The New York Times desde el sur de Asia y el Medio Oriente. Encuéntrala en Twitter: @abihabib

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