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Una catástrofe alimentaria en camino

Y vale la pena tener en cuenta que 49 millones no es el número que se enfrenta a la “inseguridad alimentaria aguda”, para usar la distinción de la categoría técnica del programa. Esa cifra es mucho más alta: al menos 323 millones, lo que supone un aumento, según Beasley, respecto a los 276 millones de antes de la guerra, los 135 millones de antes de la pandemia y los 80 millones de cuando él se incorporó al programa en 2017, lo que indica que la cifra se cuadruplicó durante ese periodo. Cuarenta y nueve millones solo es la cantidad de personas que corren un riesgo de muerte más inmediato.

Antes de la guerra, Beasley me dijo la semana pasada desde Roma que: “Yo ya advertía al mundo que 2022 y 2023 serían los dos peores años en términos de crisis humanitarias desde la Segunda Guerra Mundial”. Y agregó: “Estoy tratando de decirles a todos cuán mala es la situación, cuán mala será. Y luego, la próxima semana, debo decirles que se olviden de ese cálculo, que las cosas son mucho peores”.

Ese empeoramiento es resultado de la guerra, pero la crisis subyacente es más grande y estructural: según cálculos del Programa Mundial de Alimentos, al menos, la mayor parte del crecimiento en esa categoría de “inseguridad alimentaria aguda” es el resultado del empeoramiento de las condiciones antes de la invasión. Eso se debe principalmente a la COVID-19, el cambio climático y el conflicto —las “tres ‘C’”, como las denomina el economista de la Universidad de Cornell Chris Barrett, quien se especializa en la agricultura y el desarrollo y es coeditor en jefe de la revista especializada Food Policy. El economista afirma que: “Antes, el retraso en el crecimiento de los niños —el impacto acumulado de la mala nutrición y la salud— se daba en esencia en todos los lugares que eran pobres. Ahora, solo es en los lugares que son pobres y donde hay conflicto”.

Los impactos climáticos también son ahora una afectación continua. The Economist resumió el estado de la agricultura mundial, poco antes de la guerra, de esta manera:

China, el mayor productor de trigo, ha declarado que, después de que las lluvias retrasaron la siembra el año pasado, esta cosecha puede ser la peor de su historia. Ahora, además de las temperaturas extremas en India, el segundo productor de mayor escala a nivel mundial, la falta de lluvia amenaza con mermar la producción de otros países productores de alimentos, desde el cinturón del trigo en Estados Unidos hasta la región de Beauce en Francia. La peor sequía desde hace cuarenta años está devastando la región del Cuerno de África.

La guerra trajo consigo sus propios efectos agravantes: embargos a las exportaciones rusas y un bloqueo que obstaculizó las de Ucrania, donde los agricultores también se esforzaban por cosechar y plantar en medio de la amenaza de bombardeos; el aumento en los costos de los combustibles incrementó de manera considerable el precio de los alimentos al encarecer su transporte y provocar aumentos drásticos en el costo de los fertilizantes, la mayoría de los cuales se producen con gas; y las prohibiciones a la importación impuestas por más de una docena de países, preocupados por su propia seguridad alimentaria, que tensaron el mercado todavía más.

Como ha sucedido con la crisis energética relacionada, el Kremlin parece estar dispuesto a usar la emergencia como un arma (en su boletín, Slow Boring, Matt Yglesias la llamó recientemente “la guerra de Rusia en contra del abasto de alimentos mundial”). Y mientras líderes de todo el mundo en Davos y en otras partes han presionado para aliviar el problema en parte al circunnavegar el bloqueo ruso, el Departamento de Estado de Estados Unidos les advirtió a “los países azolados por la sequía en África, algunos de los cuales enfrentan una posible hambruna” que no compraran “trigo robado”, según mis colegas Declan Walsh y Valerie Hopkins, por temor a que el Kremlin “se beneficie de ese saqueo”. Barrett afirma que, en suma, se trata de la “tormenta perfecta”.

Por su parte, Beasley cree que 2023 podría dar un giro aún más funesto. La crisis de precios de este año podría estar sucedida por una verdadera crisis de suministro, en la cual los alimentos lleguen a estar fuera del alcance de muchos millones de personas, no solo por los precios, sino por las condiciones estructurales actuales (como no poder plantar la cosecha del año próximo en Ucrania y el aumento drástico en el precio de los fertilizantes, que puede representar una tercera parte o más del costo anual total de los agricultores), y el mundo podría experimentar lo impensable: una verdadera escasez de alimentos.

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