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Bill Jacobs, el ecologista religioso que lucha contra el césped

WADING RIVER, Nueva York — Si Bill Jacobs fuera un hombre mezquino o menos religioso, miraría a través de la espesura de flores, arbustos y zarzas que rodean su casa y vería enemigos por todas partes. Porque al norte, al sur, al oeste y al este y todos los puntos intermedios, se extienden hectáreas y hectáreas de césped.

Prados de césped que son podados y recortados con precisión militar en los bordes. Extensiones de césped de las que las hojas han sido desterradas con máquinas rugientes y que a menudo son bañadas con pesticidas. Céspedes primorosamente cuidados por paisajistas como Justin Camp, el vecino de al lado de Jacobs, que mantiene su propio manto verde inmaculado.

“Hace falta un tipo especial de persona para hacer algo así”, dijo Camp moviendo la cabeza en dirección del enselvado jardín salvaje de su vecino. “Yo vivo de podar césped, así que no es mi estilo”.

Jacobs y su esposa, Lynn Jacobs, no tienen lo que se dice un césped, a no ser por el trozo de pasto de atrás por donde Bill Jacobs pasa de vez en cuando con su vieja podadora manual.

Su casa apenas se ve, desde principios de la primavera hasta bien entrado el otoño está oscurecida por un disturbio de flora que explota en color: bígaros violetas, amarillos mantecosos, blancos, naranjas profundos, escarlatas. Cultivan un surtido de algodoncillo, áster, baya del saúco, menta de montaña, hierba joe-pye, vara de oro, raíz de serpiente blanca y palo fierro. La mayoría son nativas de la región y prácticamente todas tienen la misión más elevada de proporcionar hábitats y alimento a aves migratorias y mariposas, polillas, escarabajos, moscas y abejas.

Jacobs es un ecologista católico que cree que los humanos pueden luchar contra el cambio climático y ayudar a reparar el mundo ahí mismo donde viven. Aunque varios habitantes de las ciudades y de los suburbios también cultivan plantas nativas con el mismo fin, Jacobs cree que la gente debe hacer más: reconectar con la naturaleza y experimentar esa suerte de trascendencia espiritual que siente en un bosque o en una montaña o en la abundancia de su propio patio. Es una sensación que, para él, se asemeja a sentirse cerca de Dios.

“Necesitamos algo más grande que la gente”, dijo Jacobs, quien durante nueve años trabajó en la organización Nature Conservancy antes de unirse a una organización sin fines de lucro enfocada en especies invasivas: plantas, animales y patógenos que agotan a las variedades nativas. “Necesitamos un llamado fuera de nosotros mismos, a una suerte de poder superior, a algo más elevado que nosotros para preservar la vida en la Tierra”.

Ese es el motivo por el que Jacobs ya lleva años mirando más allá de Wading River, una aldea boscosa en la costa norte de Long Island, para propagar ese espíritu por todo el mundo.

Hace unos 20 años empezó a recopilar, y a publicar en línea, citas de la Biblia, de los santos y de los papas sobre la santidad de la Tierra y sus creaturas. Por un momento, pensó en bautizar a su proyecto en honor de San Francisco de Asís, el santo al que se recurre para asuntos de animales y del medio ambiente. Pero, como no quería imponer otro santo europeo en una tierra americana, más bien le puso Kateri Tekakwitha en honor de una mujer algonquina mohawk del siglo XVII que se convirtió al catolicismo como adolescente y en 2012 fue la primera indígena estadounidense en ser canonizada.

“Kateri habría conocido cada planta, habría recolectado comida y habría estado muy conectada con la tierra”, dijo Jacobs.

Hace tres años, Jacobs dio un paso más al unirse a otra ecologista católica, Kathleen Hoenke, para lanzar la iniciativa Habitats Santa Kateri, que impulsa la creación de jardines amigables con la vida salvaje que incluyen plantas nativas y ofrecen un espacio para reflexionar y meditar (también colaboraron en un libro para niños que se publicará en 2023: Our Homes on Earth: A Catholic Faith and Ecology Field Guide for Children). Han convocado a otros católicos orientados hacia la ecología y desde entonces han añadido un programa de pueblos indígenas y a dos mujeres indígenas a su directorio.

El sitio no es partidista, funciona con donativos y propone formas de ayudar a mitigar la crisis climática y el colapso de la biodiversidad.

“La gente tiene que amar la Tierra antes de salvarla”, dijo Jacobs. “Así que el amor es la clave. No hacemos cosas del fin del mundo”.

Ahora existen unos 190 hábitats de Santa Kateri en cinco continentes, entre ellos una ecoaldea en la isla de Mauricio, un vivero de árboles en Camerún, un atrio en Kailua Kona, Hawái y un patio suburbano en Washington, D. C.

El jardín de los Jacobs fue el primero e incluye plantas foráneas que le encantan a los pájaros y los insectos, como la aljaba –también conocida como fucsia— y que es un imán de colibríes así como el terreno de girasoles mexicanos de Lynn Jacobs, que sigue creciendo y donde, entre los pétalos, a menudo dormitan los abejorros por las tardes. Afuera, en la parte trasera, las hojas de otoño no se recogen para beneficio de los insectos que se quedan en la temporada de invierno y una pila de ramas caídas, que tienen varios años de antigüedad, es un hogar que han habitado generaciones de ardillas.

Pero si alrededor del mundo iban creciendo los hábitats de Santa Kateri, y su trozo de hectárea se volvía más hospitalaria para la vida salvaje, muchos de los vecinos de los Jacobs parecían ir en una dirección diametralmente opuesta.

En los patios cercanos, los árboles viejos se han talado por decenas, adelgazando el dosel verde del vecindario. La maquinaria ruidosa remplazó a los rastrillos, las hojas caídas se volvieron repugnantes y el paisajismo subcontratado, que alguna vez solo era para los ricos, se hizo algo común. A medida que aumentaba la preocupación por las enfermedades transmitidas por garrapatas, la popularidad de los pesticidas se disparó. Los Jacobs comenzaron a trasladar cuidadosamente los huevos y las orugas de la mariposa monarca a nidos especiales dentro de su casa, para protegerlos de los parásitos y los productos químicos que andaban a la deriva.

Para los Jacobs los pesticidas llamados orgánicos o naturales también son sospechosos: si una sustancia está diseñada para matar un tipo de insecto, ellos deducen que también puede afectar a otros. ¿Acaso la gente no ha escuchado sobre el apocalipsis de los insectos?

“Si eres del tipo de persona a la que le duele ver que las cosas mueran, es muy inquietante”, dijo Jacobs durante una conversación en su jardín durante un día reciente de otoño, alzando la voz para hacerse oír en medio del sonido de una sopladora de hojas que se usaba en la propiedad de un vecino.

Jacobs, por su parte, mira todos los jardines de césped impecable (“el césped es una obsesión, como un culto”, dice) y lo que ve son desiertos ecológicos que no alimentan ni a la vida silvestre ni al espíritu. “Esta es una pobreza de la que la mayoría de nosotros ni siquiera tiene conciencia”, dijo.

Entre los propietarios de Wading River, el próspero hábitat de los Jacobs despierta todo tipo de respuestas desde la indiferencia hasta la confusión. Algunos vecinos se quejan en voz baja de que a veces hay ratas que se unen al elenco de criaturas del jardín de los Jacobs. Jacobs dice que los atrae el alimento para pájaros —y los jardines de otros vecinos— y también que ha invertido en nuevos contenedores de compostaje a prueba de roedores.

Camp, el paisajista mantiene una amistad cortés con los Jacobs y dijo que por muy abundante que fuera su jardín, los prados de césped requieren mucho menos trabajo. El otro paisajista cuyos propiedad colinda con la de los Jacobs no respondió a las peticiones de comentarios

Linda Covello, que vive en la cuadra, y también conserva un árbol muerto porque los pájaros carpinteros suelen anidar ahí, dijo que Lynn Jacobs era “como una suerte de Galadriel del Señor de los Anillos”.

“La gente del paisajismo anda por ahí”, dijo Covello, “pero ella es la señora de los bosques, la diosa de los bosques”.

Sin embargo, los Jacobs tuvieron que admitir que, en general, su enfoque en la naturaleza no tenía mucho apoyo a nivel local.

Luego un ejecutivo de publicidad de una revista de nombre William McCaffrey compró la casa de enfrente en 2020 y se mudó ahí con su pinscher miniatura de nombre Maxwell.

Desde el principio, McCaffrey quedó fascinado con el jardín de los Jacobs y tomaba fotos cuando él y Maxwell pasaban por allí. Él y Lynn Jacobs se pusieron a charlar y le dijo que también quería mejorar su casa y cultivar glicinas. Jacobs le hizo saber gentilmente que, a pesar de lo hermosa que era la glicina, era una especie invasiva, que sofocaba a las plantas nativas y les robaba la luz.

“Me dijo que podía mostrarme alternativas”, dijo McCaffrey. “Nunca había pensado en eso. Ella me educó”.

Le dio semillas de sus flores y él las plantó junto con otras especies nativas. Este verano, entre su jardín y el de los Jacobs revoloteaban colibríes, mariposas monarcas y parejas de jilgueros europeos. Ahora McCaffrey planea aumentar ampliamente sus macizos florales que, aconsejado por Jacobs, abona con hojas de su jardín, para incluir otras 30 especies de plantas nativas. Tiene dos autos y piensa en qué más podría hacer en el patio para compensar sus emisiones de dióxido de carbono.

“Soy un converso”, dijo McCaffrey, “de verdad me hizo pensar en que lo que elijo para mi jardín funciona en todo el ciclo”.

También comenzó a fijarse, de nuevas maneras, en la tierra que lo rodea. Uno de los árboles favoritos de su propiedad es un algarrobo. Un día, al mirarlo, McCaffrey se dio cuenta de que en sus gráciles ramas podía distinguir la silueta de una mujer y ahora la capta cada que mira.

“¿La ves?”, dijo señalando un árbol hace poco. “Una bailarina”.

Cara Buckley es reportera de cuestiones climáticas, enfocada en las personas que trabajan para encontrar soluciones y en historias extraordinarias sobre las respuestas a la crisis medioambiental. Se unió al Times en 2006 y formó parte de un equipo que ganó un Pulitzer en 2018 por cubrir el acoso sexual en el lugar de trabajo. @caraNYTFacebook


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