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La cumbre climática me emocionó y me asustó

En semanas pasadas conversé con todo tipo de personas que estuvieron en la cumbre climática de la ONU en Glasgow y terminé con profundas emociones encontradas.

Tras haber estado en la mayoría de las cumbres climáticas desde la de Bali en 2007, puedo asegurarles que esta tuvo una sensación muy diferente. Me asombraron la energía de todos los jóvenes en las calles —quienes exigían que estuviéramos a la altura del desafío del calentamiento global— y algunas de las nuevas e increíbles soluciones tecnológicas y de mercado propuestas por innovadores e inversores. Esto no fue como en los viejos tiempos, donde todos esperaban los acuerdos alcanzados por el sacerdocio de los diplomáticos del clima, reunidos a puerta cerrada. Aquí la mayoría estuvo involucrada activamente en las conversaciones, y eso me anima.

Pero en mi opinión, hubo una pregunta que acechó cada promesa que surgía de esta cumbre: luego de ver lo difícil que ha sido para los gobiernos lograr que sus ciudadanos simplemente usen cubrebocas en las tiendas o se vacunen para protegerse, proteger a sus vecinos y sus abuelos de enfermarse o morir por la COVID-19, ¿cómo vamos a lograr que las grandes mayorías trabajen juntas a nivel global y hagan los necesarios sacrificios en sus estilos de vida para amortiguar los efectos cada vez más destructivos del calentamiento global (para los cuales existen tratamientos, pero no vacunas)? Eso es pensamiento mágico y exige una respuesta realista.

A continuación, presento mis notas, que produjeron esas emociones encontradas:

Por primera vez, sentí que los delegados adultos dentro de las salas de conferencia les tenían más miedo a los jóvenes en las calles que a sus colegas o la prensa.

Claramente, internet y las redes sociales empoderan de gran manera a los jóvenes, quienes a diario manifestaron ese poder en Glasgow para increpar a los negociadores adultos, quienes sin duda no quieren ser criticados, responsabilizados, humillados o tildados de “líderes bla, bla, bla”, o “blablíderes” que solo están para el “bla, bla, bla”, como sugieren los carteles que se vieron por todo Glasgow. Momentos previos al inicio de un panel del que formaba parte, me advirtieron que, si manifestantes jóvenes interrumpían la sesión, simplemente los dejara hablar.

La generación Z —todos aquellos nacidos entre 1997 y 2012 y que crecieron como nativos digitales— es en la actualidad la cohorte de población más grande del mundo, con 2500 millones de personas, y su presencia en la cumbre era palpable.

Ellos saben que ya no existe el “más tarde”, que ese “más tarde” será demasiado tarde y que mantener nuestro rumbo usual podría calentar el planeta a finales de siglo a niveles en los que ningún Homo sapiens ha vivido jamás.

El 1 de noviembre, Greta Thunberg, la activista climática sueca de 18 años, y cientos de jóvenes se reunieron en un parque de Glasgow para una manifestación veloz. Allí, denunciaron a los líderes mundiales con la consigna: “te puedes meter tu crisis climática por el…”.

Vi el video y no pude entender bien la última palabra. Supongo fue algo así como “nulo”.

“Estos jóvenes no quieren simplemente comprar tus productos o votar por ti. Quieren realizar acciones contigo”, alegó Molly Voss Fannon, directora ejecutiva del Museo para las Naciones Unidas — UN Live, una organización independiente cuya labor es ayudar a las personas de todo el mundo a descubrir y ejercer su propio poder. “Mi hija mayor, que solo tiene 10 años, fue quien me convenció de volverme vegetariana. Mi hija del medio se postulo hace poco para el consejo estudiantil de su escuela con la plataforma de: ‘vota por mí porque puedo convencer a mis padres de cualquier cosa’. Criarla es como criar a Al Capone con un corazón de oro”.

Buenas noticias, generación Z: ganaron el debate sobre el cambio climático. Gracias por eso. El discurso de tanto los gobiernos como de las empresas ahora gira en torno a: “lo entendemos. Estamos trabajando en ello”. ¿Las malas noticias? Todavía existe una enorme brecha entre lo que los científicos advierten que se necesita para reducir de inmediato el uso de carbón, petróleo y el gas que impulsan el calentamiento global y lo que los gobiernos y empresas —y sí, el ciudadano promedio— están dispuestos a hacer si se llega a un punto de “calentamiento o alimento”.

Como señalan los expertos en energía, nunca es buena idea quitarse el cinturón hasta que los tirantes estén bien ajustados. Los gobiernos no dejarán de utilizar combustibles fósiles sucios hasta que haya suficiente energía limpia para remplazarlos. Y eso llevará más tiempo o requerirá sacrificios mucho mayores de los que se discutieron en cualquier nivel en la cumbre.

Lee esto, extraído del sitio web de CNBC el 3 de noviembre, y llora: “El suministro global de energías renovables crecerá 35 gigavatios de 2021 a 2022, pero el crecimiento de la demanda mundial llegará a 100 gigavatios durante el mismo periodo […] Los países tendrán que utilizar las fuentes tradicionales de combustible para satisfacer el resto de la demanda […] Ese déficit seguirá aumentando a medida que las economías reabran y se reanuden los viajes”, lo que provocará “fuertes incrementos en los precios del gas natural, el carbón y la electricidad”.

Debemos dejar de engañarnos a nosotros mismos de que podemos tenerlo todo, de que podemos tomar medidas idiotas como cerrar plantas nucleares en Alemania que proporcionaron enormes cantidades de energía limpia, solo para mostrar cuán ecológicos somos, y luego ignorar el hecho de que, sin suficientes energías renovables disponibles, Alemania está ahora volviendo a quemar carbón sucio. Este pavoneo moral es contraproducente.

La energía es un problema de escala. Requiere de una TRANSICIÓN, y eso significa una transición de combustibles fósiles a combustibles más limpios —como el gas natural a la energía nuclear—, luego a la energía eólica y solar y, con el tiempo, a fuentes que todavía ni existen. Aquellos que proponen ignorar esa transición generan el riesgo de producir una enorme reacción negativa contra todo el movimiento ecológico este invierno, si las personas no logran calentar sus hogares u operar sus fábricas.

No, pero este es un buen momento para comenzar a rezar. Oremos para que las tecnologías más la inteligencia artificial puedan cerrar la brecha entre lo que los Homo sapiens de hoy están realmente dispuestos a hacer para mitigar el cambio climático y lo que en realidad se necesita. Y oremos para que el Homo sapiens comience a comprender que preservar nuestro futuro requerirá casi con toda certeza de algunos sacrificios. Porque justo ahora, sin sacrificios, nuestra única esperanza es diseñar e implementar tecnologías que les permitan a las personas ordinarias hacer cosas extraordinarias a gran escala.

Cuando entraba al centro de medios de The New York Times en mi primer día en Glasgow, me crucé con una canosa integrante del personal de seguridad que le explicaba a su colega mucho más joven de qué se trataba esta conferencia. Con un marcado acento escocés, dijo: “Hubo un tipo, Al Gore, que predijo todo esto antes que nadie”.

Sabes que eres viejo cuando un joven en una cumbre climática no tiene idea quién es Al Gore.

Felizmente, Gore sigue teniendo muy buen ojo para el futuro. Estuvimos charlando unos minutos en un pasillo y pasó buena parte de ese tiempo contándome con entusiasmo sobre un proyecto de ciencia de datos que está respaldando: Climate TRACE, que usa datos sensoriales de satélites e inteligencia artificial para monitorear las emiciones de dióxido de carbono en tiempo real, especialmente aquellas que los gobiernos y las empresas nunca informan.

Con la cobertura satelital 24/7 de la empresa emergente Planet —cuyos cientos de pequeños satélites toman imágenes de la masa terrestre de la Tierra todos los días en alta resolución— podremos ver a un camión maderero entrar en la selva amazónica y luego contar cada árbol que taladró. O, a la inversa, podremos contar los árboles que se plantan y poner un precio al carbono que cada uno está ahorrando, en lugar de solo un precio a la madera extraída del bosque.

“La era de la transparencia climática radical está a punto de comenzar”, dijo Andrew Zolli, director de impacto de Planet. Todos —tus clientes, tus competidores, tus empleados y los activistas— sabrán exactamente lo que estás emitiendo con un solo clic. Se trata de un gran cambio.

“Medir, monitorear, administrar y monetizar el valor de salvar un bosque o una cuenca puede tener un impacto a escala en el clima”, dijo Andy Karsner, quien fue el principal negociador climático de Estados Unidos en Bali en 2007 y cuya empresa Elemental Labs está creando más herramientas tecnológicas para soluciones basadas en el mercado para el cambio climático.

“Los humanos no tenemos garras enormes ni dientes afilados para sobrevivir”, me dijo Karsner. “En cambio, fuimos dotados de cerebros grandes, y sigo creyendo que el interés propio de nuestra especie nos llevará a unirnos y usar nuestros cerebros de manera colectiva para desarrollar y desplegar las herramientas” que necesitamos para prosperar en este planeta.

¡Sí! siembra un árbol —o evita que uno sea talado— a través del apoyo a las comunidades indígenas, cuyos territorios contienen el 50 por ciento de todos los bosques que quedan en el mundo y el 80 por ciento de los ecosistemas que funcionan de manera más saludable, según Peter Seligmann, cofundador de Nia Tero, una organización que desde hace poco “busca garantizar que los pueblos indígenas tengan el poder económico y la independencia cultural para administrar, apoyar y proteger sus medios de subsistencia y los territorios que llaman hogar”, que también albergan algunos de los mayores tesoros de biodiversidad de la Tierra.

Seligmann (quien es donador en el museo de lenguaje de mi esposa) me presentó a Teófilo Kukush, jefe de la nación Wampis, un pueblo indígena de unos 15.300 habitantes, que tiene varias generaciones viviendo en su propio territorio: 1.327.760 hectáreas (13.276 kilómetros cuadrados) de principalmente bosques y cuencas hidrográficas en el norte de la Amazonía peruana (cuando escribí en mi libreta “1.327.000” hectáreas para redondear, Kukush señaló la imprecisión de mi número e insistió en que anotara las últimas 760 hectáreas).

Y con razón. A través de un traductor, Kukush explicó en español y en wampis, su lengua indígena, que cada año su región boscosa aún en gran parte intacta —con la que viven una relación de armonía, pues utilizan la rotación de cultivos— absorbe 57 millones de toneladas de CO2 de la atmósfera a través de la fotosíntesis y almacena millones de toneladas de carbono al mantener esos árboles en pie.

Pero al igual que muchas otras comunidades indígenas que controlan los bosques tropicales, los wampis se enfrentan a ataques diarios de depredadores humanos: mineros, taladores, traficantes de partes de animales, traficantes de drogas y agricultores industriales. Nia Tero llevó a Glasgow a los líderes indígenas para destacar la importancia de su rol crucial.

“Hemos protegido esto por el planeta y por nuestras generaciones futuras, y necesitamos garantizar que esté ahí por siempre”, dijo Kukush, quien era inconfundible con su penacho de colores brillantes hecho de plumas de tucán. “Pero no nos hemos beneficiado ni un centavo. Todos los créditos de carbono van al gobierno y no a nosotros”.

Si estamos buscando algo ordinario que pueda tener un efecto extraordinario, eso sería la protección de estos protectores de la biodiversidad.

“Está bien, el cambio climático es real, pero es demasiado tarde para hacer algo de verdad, así que dejemos de lado lo ecológico y centrémonos exclusivamente en la adaptación. ¿Qué tiene de malo jugar golf en Minnesota en febrero?”.

Si hay algo que deberíamos haber aprendido de la COVID-19 es que la madre naturaleza no se anda con juegos. Justo cuando crees que lograste resolver el problema con mascarillas y vacunas, ella te sorprende con la variante delta. La “adaptación” suena agradable, suave y gradual… hasta que deja de serlo. Por supuesto, tendremos que adaptarnos, pero yo preferiría adaptarme construyendo un malecón que reconstruyendo Miami o Nueva Orleans cada tres años. La diferencia está en lo que hagamos ahora para minimizar el cambio climático.

Una de las voces más convincentes en Glasgow sobre este tema fue el científico del sistema terrestre Johan Rockström, director del Instituto de Potsdam para la Investigación del Impacto Climático.

La madre naturaleza, me dijo Rockström, ha desarrollado un conjunto de herramientas asombroso para evitar que las temperaturas fluctúen demasiado calientes o demasiado frías y mantenernos en este clima del Jardín del Edén que hemos disfrutado durante los últimos 11.000 años aproximadamente, lo que nos permitió construir civilizaciones.

Pero si el calentamiento de la superficie de la Tierra continúa aumentando al ritmo actual, las capas de hielo de Groenlandia y la Antártida Occidental se derriten y dejan de reflejan el calor del sol lejos de los océanos, el Amazonas cambia de un bosque tropical que absorbe la contaminación de carbono a una sabana deforestada que la produce y el nivel, la temperatura y la salinidad de los océanos cambian de manera drástica —con lo que se afectarían los monzones, la circulación oceánica en el Atlántico y la corriente en chorro—, CUIDADO.

Nuestro planeta puede pasar de un sistema de autoenfriamiento y automoderación a un sistema de autocalentamiento. Si eso sucede, la adaptación será una lucha diaria por la supervivencia de cientos de millones de personas.

“Tenemos cada vez más pruebas de que el planeta es más frágil de lo que pensábamos”, dijo Rockström. Así que, aunque sea difícil o imposible, este no es el momento para dejar de intentar eliminar gradualmente los combustibles fósiles y evitar desbordar estos puntos de inflexión.

Dos planetas están conversando entre ellos. Uno parece una hermosa canica azul y el otro una bola sucia y café.

“¿Qué diablos te pasó?”, le pregunta el planeta hermoso al café.

“Tengo Homo sapiens”, respondió el planeta café.

“No te preocupes”, respondió el planeta azul. “No duran mucho”.

Thomas L. Friedman es columnista de Opinión sobre temas internacionales. Se incorporó al periódico en 1981 y ha ganado tres premios Pulitzer. Es autor de siete libros, incluido From Beirut to Jerusalem, que ganó el National Book Award. @tomfriedmanFacebook

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