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El pueblo francés olvidado por la cumbre del clima

MONTARGIS, Francia — Solo 120 kilómetros separan a esta ciudad provincial de París, pero mientras en la capital se habla de una revolución de la energía renovable, aquí se dice que eso le cuesta demasiado a la gente.

“Queremos ir demasiado rápido”, dijo Jean-Pierre Door, un legislador conservador con muchos electores enfadados. “La gente está llegando al límite”.

Hace tres años, Montargis se convirtió en el centro de la revuelta social de los “chalecos amarillos”, un movimiento de protesta que fue desencadenado por el aumento de los impuestos sobre la gasolina, pero que se mantuvo —a veces de forma violenta— durante más de un año por el sentimiento de alienación que sienten los habitantes de la “periferia”, que es como el gobierno francés denomina a las zonas alejadas de la capital.

La revuelta tuvo su origen en una división de clases que evidenció el resentimiento de muchas personas de la clase trabajadora, cuyos medios de vida se ven amenazados por la transición a la energía limpia, contra las élites metropolitanas, en especial las de París, que pueden comprar autos eléctricos e ir al trabajo en bicicleta, a diferencia de los habitantes del campo.

Ahora, mientras Door y otros observan las conversaciones mundiales sobre el clima que se están celebrando en Glasgow, en las que expertos y funcionarios advierten que hay que tomar medidas inmediatas ante la inminente catástrofe medioambiental, la desconexión económica y política que hace tres años estuvo a punto de destrozar el país sigue latente.

Hay mucha gente en la “periferia” que entiende la necesidad de la transición a la energía limpia y ya está tratando de poner su granito de arena. Pero si el tema principal de la COP 26, como se conoce la cumbre de Glasgow, es cómo se está acabando el tiempo para salvar el planeta, aquí la preocupación inmediata es cómo se está acabando el dinero antes de que acabe el mes.

El precio del gas para consumo doméstico aumentó un 12,6 por ciento tan solo en el último mes, en parte como consecuencia de la escasez relacionada con la pandemia de coronavirus. Los autos eléctricos parecen estar fuera del alcance de las personas a las que no hace mucho se les animaba a comprar automóviles de diésel de bajo consumo. Un aerogenerador que reducirá el valor de las propiedades no es lo que quiere una pareja de jubilados más adelante.

“Si a los parisinos les gustan tanto los aerogeneradores, ¿por qué no arrasan con el Parque de Vincennes y los ponen ahí para convertirlos en una atracción?”, se pregunta Magali Cannault, quien vive cerca de Montargis, en alusión al vasto parque situado al este de París.

Para el presidente de Francia, Emmanuel Macron, quien se enfrenta a las elecciones de abril, la transición a las energías limpias se ha convertido en un tema delicado. Dice ser un guerrero ecológico, aunque pragmático, pero sabe que cualquier retorno a las barricadas de los chalecos amarillos sería desastroso para su futuro electoral.

Todas las mañanas, en su granja, a pocos kilómetros de la ciudad, Cannault contempla desde la puerta de su casa un mástil de unos 119 metros construido hace poco para medir los niveles de viento de las turbinas propuestas. “Nadie nos consultó sobre su instalación”.

Los únicos sonidos que se escuchaban mientras hablaba durante una mañana húmeda y brumosa eran el graznido de los gansos y el canto de los gallos. Claude Madec-Cleï, alcalde del cercano pueblo de Griselles, coincide con esa opinión. “No nos consideran”, dijo. “El presidente Macron quiere quedar bien con los Verdes”.

De hecho, con la cercanía de las elecciones, Macron corteja a casi todos los sectores y está desesperado por evitar el regreso de los chalecos amarillos.

El gobierno ha congelado los precios del gas doméstico. El mes próximo se enviará un “cheque de energía” por valor de 115 dólares a unos seis millones de personas que se considera que son el sector más necesitado. También se enviará una “indemnización por inflación” por la misma cantidad a 38 millones de personas que ganan menos de 2310 dólares al mes. La inflación de la gasolina ha sido uno de los principales impulsores de estas medidas.

Sophie Tissier, quien ha organizado más de un centenar de manifestaciones de los chalecos amarillos, dijo que la intensa respuesta policial hizo que fuera “muy difícil reiniciar el movimiento”, a pesar de lo que ella define como “una grave crisis social y una ira desenfrenada”. Tissier dice que las desigualdades son tan extremas en Francia que les “impide hacer una transición ecológica”.

El mandatario pregona el realismo de sus propuestas energéticas que combinan el desarrollo de nuevas centrales nucleares pequeñas con la adopción de la energía eólica y otras energías renovables.

Desde la izquierda, el movimiento de los Verdes quiere que la energía nuclear, que representa el 67,1 por ciento de las necesidades de electricidad de Francia, se elimine poco a poco, lo cual representa un ajuste tan enorme que los conservadores lo ridiculizan como el anuncio de “un retorno a la era de alumbrarse con velas”.

Desde la derecha, Marine Le Pen está a favor del desmantelamiento de los más de 9000 aerogeneradores del país, que suponen el 7,9 por ciento de la producción eléctrica de Francia.

En medio, millones de franceses, que se debaten entre la preocupación por el planeta y sus necesidades inmediatas, luchan por adaptarse.

Christine Gobet conduce su pequeño auto de diésel unos 145 kilómetros al día desde la zona de Montargis hasta su trabajo en un almacén de Amazon en las afueras de Orleans, donde prepara paquetes y gana unos 1600 dólares al mes.

Sentada al volante frente a un taller mecánico en el que le acaban de cambiar el motor diésel, por unos 3000 dólares, se mofa de la idea de cambiar a un auto eléctrico.

“Para la gente como yo, la electricidad está descartada”, dijo. “Todo sube, ¡incluso se habla de baguettes más caras! Nos empujaron al diésel, nos dijeron que era menos contaminante. Ahora nos dicen lo contrario”.

Cuando comenzó el movimiento de los chalecos amarillos, se unió a las manifestaciones en Montargis. No solo tomó esa decisión por la presión financiera. Tenía la sensación de que no los escuchan, “las élites de arriba son las que deciden y nosotros simplemente sufrimos las consecuencias”.

Ella abandonó el movimiento cuando se volvió violento. En una rotonda a las afueras de Montargis, conocida como la “rotonda de los cacahuetes” por su forma, el tráfico estuvo bloqueado durante dos meses y las tiendas agotaron sus existencias.

En la actualidad, cree que poco ha cambiado. En París, dice, “tienen de todo”. Anne Hidalgo, alcaldesa de París y candidata socialista a la presidencia, quiere que “no haya más vehículos en la ciudad y no tiene paciencia con la gente de provincia que va allí a trabajar”.

Para personas de la clase trabajadora como Gobet, mencionada en una reciente serie de 100 artículos titulada “Fragmentos de Francia” en el periódico Le Monde, los llamados en Glasgow para dejar de utilizar combustibles fósiles y cerrar las centrales nucleares parecen muy alejados de su vida cotidiana.

A sus 58 años, es un ejemplo del abismo generacional. De un lado está la juventud mundial liderada por Greta Thunberg, convencida de que ninguna prioridad puede ser más urgente que salvar el planeta. En el otro están las personas mayores que, como dice Door, “no quieren que los últimos 20 años de su vida se arruinen con medidas medioambientales que hagan subir el precio de la energía y bajar el valor de la casa en la que invierten su dinero”.

Las zonas cercanas a Montargis atraen a muchos jubilados que quieren estar cerca de París, sin pagar los precios de París, así como a muchos inmigrantes que viven en las afueras de la ciudad.

Gilles Fauvin, un taxista que tiene un Peugeot diésel, estaba en el mismo garaje que Gobet. Dijo que la mayor parte de su negocio proviene de trasladar a clientes con necesidades médicas a los hospitales ubicados en Orleans y París. La combinación de planes para prohibir los autos diésel en la capital para 2024 y la presión para cambiar a costosos vehículos eléctricos podrían arruinarlo. “El diésel funciona para mí”, dijo.

Pero, por supuesto, los automóviles diésel producen varios contaminantes. La pregunta para Yoann Fauvin, el dueño del garaje y primo del taxista, es si los autos eléctricos son realmente mejores.

“Tienes que extraer los metales para las baterías en China o Chile, tienes que transportarlos con todos los costos de carbono que eso conlleva, tienes que reciclar las baterías”, dijo.

Frente a él, un Citroen 2CV verde clásico de 1977 estaba siendo reacondicionado y un Citroen DS4 diésel ya estaba reparado. “Este negocio vive del diésel”, dijo. “Aquí nos reímos de la transformación energética. Las personas adineradas son las que se pasan a los coches eléctricos, las personas que no comprenden lo que sucede aquí”.

Magalie Pasquet, un ama de casa que lidera una asociación local contra la energía eólica llamada Aire 45, dijo que su oposición a unas 75 nuevas turbinas previstas en la zona no tiene nada que ver con despreciar las preocupaciones medioambientales.

Ella recicla. Tiene cuidado al viajar. Hace composta con desechos orgánicos. Usa dos suéteres para no subir la calefacción. El idealismo medioambiental de los jóvenes le parece inspirador. Pero cree que el mundo está poniendo el carro delante de los bueyes.

“¿Por qué destruir un paisaje que atrae a la gente a esta zona cuando el verdadero problema energético es el exceso de consumo? No se consulta a la población local y ni siquiera los alcaldes pueden detener la instalación de estas turbinas horribles”, se pregunta.

Roger Cohen es el jefe de la corresponsalía del Times en París. Fue columnista de Opinión de 2009 a 2020. Ha trabajado para el Times durante más de 30 años y ha sido corresponsal y editor extranjero. Criado en Sudáfrica y Gran Bretaña, es estadounidense naturalizado. @NYTimesCohen


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